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Prisioneros de su pasado

Por Hans Rothgiesser

El actual gobierno nos ha generado escándalos verdaderamente vergonzosos.  El solo hecho de que se encontrara 20 mil dólares en billetes en el baño de Palacio de Gobierno habría sido suficiente para mover la aguja en contra del presidente.  Pero no, no en el Perú.  Aquí mientras estés bien con un grupo de periodistas y políticos, puedes hacer lo que te dé la gana.  Otros presidentes cayeron en desgracia por mucho menos.  Pero no Castillo.  Él tiene lo que podríamos llamar “licencia caviar”.  Una especie de certificado que lo pone en otro nivel.  Y así, como James Bond tiene licencia para matar, lo que le permite cometer asesinatos sin sanción legal alguna, el presidente Castillo puede nombrar a exterroristas de ministros o reunirse en una casa en Breña con empresarios que ganan licitaciones sin que haya sanción alguna.

Hasta que pierdes la licencia caviar.  En ese momento mágicamente eres un corrupto y un mentiroso y un incompetente.  De pronto el chauvinismo sí se nota.  Es algo casi mágico, porque además es retroactivo.  De repente acciones del pasado tienen otra interpretación completamente.  Hasta hace unos días todo se justificaba, porque se estaba luchando por el pueblo -a pesar de que el pueblo quería otra cosa, según encuestas-.  Pero ahora, de un momento a otro, el presidente está desconectado, tiene asesores que lo están asesorando mal y está capturado por intereses que mágicamente lo capturaron hace unas pocas horas.  Antes, cuando Mirtha Vásquez o Pedro Francke asumieron sus puestos en este mismo gobierno, nada de eso sucedía.  Ahora resulta que sí sucede y que, además, sucedía también en ese entonces.

Es decir, como en el cuento de ciencia ficción A sound of thunder del escritor Ray Bradbury, acciones en el presente alteran el pasado, lo que a su vez hace que lo que entendemos como presente deje de existir y sea reemplazado por otro escenario.  En nuestro caso, son cambios en las posiciones y en las lealtades.  Que ese grupo ya no tenga cuota de poder en el gabinete de pronto resulta en que un tallercito de género de unas horas no es suficiente para curar a un misógino que maltrata a las mujeres.  Es sorprendente.  De pronto, ¡nunca lo fue! Es magia.

Ahora bien, en el colmo del cálculo político, lo que estamos viendo en estos días no es un viraje de ese sector de la izquierda que ahora, siendo expulsada del gabinete, se da cuenta de que este es un gobierno nefasto para el país y que hay que deshacerse de él.  Por supuesto que no, porque en su cálculo político, Castillo es un corrupto, pero es su corrupto.  Entonces, se mueven en redes sociales y llaman a una marcha, pero no es para promover la vacancia y así deshacernos de una vez por todas del peor presidente peruano del presente siglo.  Solamente es para pedirle que considere renunciar -sabiendo perfectamente que eso no va a suceder- y para exigir la cabeza de Valer, el nuevo primer ministro.

Mientras tanto, la realidad es que Valer es impresentable.  Todos lo hemos visto en la prensa.  Ha saltado de partido en partido, revelando que no tiene realmente una posición política que no sea otra que el oportunismo.  Ha tenido denuncias por maltrato a mujeres.  Es el personaje que pones de premier si es que quieres que el congreso te niegue la confianza.  Hace un año habríamos pensado que Bermejo cumplía con este último requisito.  Sin embargo, en ese entonces la oposición fue suficientemente astuta como para no pisar el palito.  Hoy en día, en cambio, la cosa ha cambiado.  Bancadas ya han adelantado que no darán confianza.  El mismo Valer ha retado al congreso a que gasten una de sus balas de plata en él.  Hasta en eso el presente ha sido alterado por el pasado.  De pronto, la oposición ya no la ve.

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