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Los monopolios que no son monopolios

Por: Hans Rothgiesser

Cada cierto tiempo los mismos analistas y comentaristas de siempre nos dejan en claro que nunca entendieron lo que es un monopolio, a pesar de que su definición es bastante simple.  Un monopolio es una empresa que es la única que ofrece un bien o servicio.  Simple. ¿Es Gloria un monopolio? No, definitivamente no.  Cualquiera que vaya a hacer las compras de su casa podrá constatar una vez por semana que hay varias marcas de leche procesada y que eso ni siquiera considera a los muchos proveedores locales de leche fresca.  Así que decir que Gloria es un monopolio deja mal parado al que lo dice.

Esto, por supuesto, no es ninguna novedad.  Podemos remontarnos a Aristóteles que describió un caso concreto de un monopolio.  Hoy en día sabemos que un monopolio no es necesariamente malo, por eso se permiten.  Lo que se sanciona es el abuso de la posición de dominio, lo cual está normado.  Y los amigos de la intervención del Estado también lo saben.  Por eso atacan a empresas que no son monopolios acusándolas de serlo, pero no dicen nada de los monopolios estatales como Sedapal.  Si tan malignos son los monopolios en términos absolutos, ¿no deberían estar promoviendo que se venda Sedapal o que entre una segunda empresa privada a competir? No, por supuesto que no.  Porque en el fondo no se trata de salvar a la economía nacional de los efectos perjudiciales de los monopolios.  Se trata de asaltar a empresas privadas grandes como buenamente puedan.  Y si en el camino deben tergiversar definiciones simples, pues ni modo.

Gloria, por ejemplo.  En los últimos años ha tenido alrededor del 75% de la participación del mercado de leches industrializadas.  Eso no es monopolio.  Sería monopolio si fuese el 100%, no hay vuelta que darle.  Es el dominante del mercado ciertamente, pero no es monopolio.  El Grupo El Comercio, que también es citado como monopolio, comercializa apenas siete e los diez diarios impresos más leídos.  Entre ellos está El Trome, que es el de mayor participación, con 46.3% en su edición de lunes a domingo en Lima.  Sí, es una cifra impactante, pero no es 100%.  Y no son diez de los diez más leídos, que es lo que haría falta para hablar de monopolio.

Lo que el gobierno y sus defensores nos quieren vender es que los monopolios son intrínsecamente malos y que debemos borrarlos de la faz del planeta.  Sin embargo, no consideran que algunas veces un monopolio es preferible.  Por ejemplo, cuando hablamos de un monopolio generado por una patente. ¿Qué pasa si yo invento una solución técnica para un problema que están teniendo fábricas en el Perú y patento esa solución? Pues que el Estado me garantiza que yo seré el único que pueda aplicarla por un tiempo determinado.  Si no existiese ese sistema de patentes, no habría incentivo a innovar, a inventar, a buscar nuevas soluciones.  Pues el gobierno desea botar este sistema por la ventana.  Adiós innovación, entonces.

Ni qué decir de esos casos concretos en los cuales tener a más de un ofertante es más costoso para la sociedad.  Por ejemplo, Sedapal.  Si hubiese dos empresas brindando el servicio de agua potable, tendríamos que permitir que una segunda empresa instale otra red de tubos por toda la ciudad.  Si alguien ya está harto de dar la curva en una avenida y encontrarse con huecos que impiden el paso y un anuncio que comunica que Sedapal está haciendo renovación de tubos, imagínense dos empresas rompiendo pistas por toda la ciudad.  Tendríamos que dar por clausurado el experimento llamado “ciudad de Lima” e irnos a vivir a otro lado.  Por eso, tiene sentido que haya una sola, que sea un monopolio.  Ahora bien, en ningún lugar dice que tiene que ser empresa pública.  Pero ésa es otra discusión.

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